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El arte de vivir en pareja o cómo construir el amor
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Vivir en pareja no es cuestión de magia ni de suerte. Es un arte. El amor es el fruto de un proceso de mutuo conocimiento, mutua transformación y mutua aceptación
Fuente:  cuerpomente.com 2019-02-09 08:43:29

Cuando nos enamoramos, sentimos que nos desborda el entusiasmo, la ilusión... y también el desconocimiento del otro. Para que se abra paso el verdadero amor, es preciso aceptar las diferencias que surgen al conocerse a fondo.

El inicio de una relación de pareja
Alicia sueña con un hombre práctico, con grandes ambiciones, hasta que se enamora de uno bohemio y despreocupado que se embelesa con sus propios sueños. Tras los primeros tiempos de entusiasmo y encandilamiento, cuando la relación se estabiliza, empieza a sentirse disconforme, le inquieta su futuro junto a él y le recrimina su falta de iniciativas y su espíritu volátil.

Sergio ha encontrado, por fin, la persona con la cual construir una pareja y van adelante con su proyecto de una vida en común.

En la convivencia se ve que ella es muy sociable, que le encanta salir con amigos o programar salidas de fin de semana que incluyen a otros. Sergio prefiere la vida hogareña y solitaria. Sus planes apuntan a las cenas domésticas e íntimas, a compartir sentimientos de a dos.

Todo esto empieza a generar tensiones y disputas, como si cada uno sintiera que el otro está empeñado en aguarle sus expectativas y sus ilusiones.

Cuando Carlos y Adriana se conocieron, los deslumbró la cantidad de coincidencias que había entre ambos: habían viajado a los mismos lugares y conocido a las mismas personas, habían llorado en las mismas escenas de las mismas películas, compartían sus escritores favoritos y su afición por los mismos platos de la cocina tai.

Pero después de un tiempo, Adriana empezó a sentirse incómoda con algunas de las características de Carlos, como cierta avaricia o sus largos silencios. Se lo dijo. Él lo reconoció y afirmó que le gustaría cambiar, pero no lo podía conseguir.

Carlos también querría que Adriana fuera menos crítica, más flexible, pues eso le daría más tranquilidad, lo haría sentirse menos exigido.

Y tú, ¿reconoces alguna de esas características en ti? ¿Estarías dispuesto a trabajar para transformarla en bien de la relación?

El arte de armonizar las diferencias
Vivir en pareja de forma armoniosa no es cuestión de magia ni de suerte. En realidad se trata de un arte. Y podríamos definirlo como el arte de armonizar las diferencias. Las tres situaciones con las que comienza este artículo son sólo un pequeño ejemplo que nos muestra cómo inciden las diferencias en la convivencia amorosa.

Cuanto más convives con alguien, cuanto más lo conoces y te conoce, mayor es el despliegue de todo aquello que os hace diferentes

Una relación de pareja es un mosaico rico y complejo en el cual se manifiestan las diferencias entre dos seres humanos. La convivencia lleva –más allá de su voluntad, su deseo o incluso su conciencia– a que cada una de esas personas se muestre en todas sus facetas.

El mito de la media naranja
Por supuesto que lo primero que atrae a dos personas y las hace elegirse son sus similitudes. Éstas alimentan la ilusión de haber hallado a la mítica “media naranja”.

Pero el amor no se construye con medias naranjas.

Una media naranja es la mitad de algo, no se trata de una unidad ni de algo completo. Solo podría ser una unidad si encontrara la otra mitad. Mientras tanto solo será, digámoslo así, “0,50”. Al encontrar la mitad perdida deberá aferrarse a ella para no volver a ser “menos que uno”. Y en los vínculos de pareja, esto genera el riesgo de una relación de dependencia o de sumisión.

Un requisito básico del arte de vivir en pareja es recordar que cada uno está entero y representa la totalidad de sí mismo

Pero totalidad no significa perfección. No hay seres perfectos. Cada persona es la más completa versión de sí misma y la más actualizada. De este modo, una pareja nace a partir de dos seres enteros que se eligen entre otros miles de personas por razones ciertas aunque a menudo sutiles, misteriosas.

Allí inician un camino conjunto que los llevará a buen puerto en la medida en que amen de disfrutar de sus parecidos, comiencen a reconocer y a explorar sus diferencias, su diversidad.

Cuando una relación se prolonga y ambos están atentos a ella, descubrirán que la lista de diferencias crece y se prolonga más allá de la enumeración de similitudes. Allí está la rica materia prima para la construcción del vínculo, para el ejercicio del arte de convivir.

La clave de las 3 diferencias
Pero hay diferencias, y no todas contribuyen a enriquecer los vínculos. ¿Cuáles son? Hay diferencias “complementarias”, “conflictivas pero abordables” e “irreconciliables”.

Las diferencias “complementarias” son las que se integran naturalmente
Uno ama la cocina pero detesta lavar los platos. El otro los lava como nadie pero es incapaz de freír un huevo. Resultado, siempre comerán bien y su vajilla relucirá. No reñirán por esta diferencia. Y el ejemplo puede llevarse a otros planos, como los gustos culturales, las propuestas para la vida cotidiana, las aficiones...

Las diferencias “conflictiva pero abordable”
Un buen ejemplo puede ser el siguiente: uno es irascible en sus reacciones y esto muchas veces acobarda, aleja al otro o genera momentos incómodos en la vida social de la pareja. El acobardado plantea esta situación, el iracundo acepta que él tiene esa característica y reconoce las consecuencias de la misma. Llegan a la conclusión de que para ambos, en lo personal y en lo que respecta al vínculo, sería deseable transformarla.

El trabajo de cambio no será de los dos, sino del irascible, pero él encontrará en su pareja la colaboración más directa e interesada y podrá pedirle ayuda. Este tipo de diferencias se da con frecuencia y son las que proporcionan una gran oportunidad para la consolidación del vínculo y la siembra amorosa. Y no siempre se trata de una tarea fácil.

Pero la historia de las parejas armónicas indica que ha sido en este terreno, con sinceridad y disposición, donde se han construido sus acuerdos más sólidos y donde han echado sus raíces más profundas.

Las diferencias “irreconciliables”
Son las que difícilmente tienen solución, tienen que ver con orígenes, con características físicas, con valores ideológicos y morales, con proyectos personales absolutamente divergentes. Un cazador y una defensora de los derechos de los animales no podrán convivir. Si alguien soñó con un aventurero, pero está unida a un sosegado hombre de su hogar, difícilmente podrá insuflarle la valentía y la pasión con la que sueña.

¿Se puede convivir con diferencias irreconciliables? Esto depende del grado de terquedad u obsesión de las personas, pero los precios son a veces, en términos emocionales, muy dolorosos.

 
 
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